martes, 14 de mayo de 2013

Seudónimos, seudónimos



En una polémica aparentemente inútil leí un alegato contra los seudónimos: "¡Usted, que se escuda en  el anonimato, es un cobarde!". No es cierto. Quien  usa el seudónimo no es cobarde ni se escuda en el  anonimato. ¿Cómo van a ser cobardes María Félix, Dolores del Río, Rita Hayworth y Cantinflas?. María Félix se llamaba, en realidad, María de los Angeles Guareña; Dolores del Río nació siendo Dolores Asúnsolo Martínez; Rita Hayworth era Margarita Carmen Cansino, y Cantinflas, lo sabemos, se llamaba Mario Moreno.

No es nada malo cambiarse de nombre. Si no estás conforme con llamarte Neftalí Reyes Basoalto, vas al notario y declaras que quieres llamarte Pablo Neruda. O si te llamas Gustavo Adolfo Navarro te conviertes en Tristán Marof y no pasa nada. Salvo que te confundan con un espía ruso.

Todo lo contrario. Hay que ser corajudo para decir: "No quiero llamarme Lucila Godoy Alcayaga, sino Gabriela Mistral. Si me llamo Lucila Godoy Alcayaga no ganaré jamás el Premio Nobel". Esto del seudónimo es más importante de lo que parece. El escritor cubano Gastón Baquero dice haber estado "mucho tiempo negado a leer la poesía del mexicano Alí Chumacero", porque ese nombre y ese apellido no invitaban a la lectura, eran "una barrera".

Esto pasa a menudo. A mi amigo Remo di Natale le hubiera ido mejor por esos mundos de la política boliviana si se hubiese cambiado el nombre. Debió haber usado un seudónimo atractivo: Víctor Paz Estenssoro, por ejemplo. Algo parecido le pasó a Benjamín Miguel. Una vez le preguntaron: "¿En qué quedamos, Benjamín o Miguel?"

El fracaso del falangista Unzaga de la Vega se debió a su nombre. Sonaba a poeta castellano del Siglo de Oro. En nuestro siglo de estaño y en un país mestizo llamarse Unzaga de la Vega era una ofensa. En cambio, Marcelo Quiroga Santa Cruz llevaba bien su nombre, pero hubiese sido mejor que firmase Simón Bolívar.

Los artistas del espectáculo, ésos sí, andan bien asesorados. Por ejemplo, si el cantante Sting se presentase con su verdadero nombre sería una catástrofe. Se llama Cordón Matthew Summer. No es lo mismo decir: "Y ahora con ustedes, el cantante Bob Dylan!" que esto ótro: "¡Y ahora con ustedes, el cantante Robert Zimmerman!". Si no le hubiese hecho caso a su empresario, Lauren Bacall no habría llegado muy lejos con su nombre auténtico: Betty Jean Weinstein Perske.

Háganme caso. Algunos políticos y artistas deberían usar seudónimo. Hay ejemplos que aconsejan el uso del seudónimo. Por ejemplo, si te bautizaron con el nombre de Nabucodonosor y eres tartamudo, tienes derecho a demandar a tus padres por abuso de confianza. Y con más razón si te llamas Restituta, Serapio Rea o Cornelio Toro.

Quien usa del seudónimo no se escuda en el anonimato, porque su firma está ahí, al pie de los documentos. Llega un momento que Lev Davidóvich Bronstein decide llamarse Trotski para felicidad de Guillermo Lora y sus seguidores; Vladimir Ilich Uliánof, Lenin, y Alfonso Prudencio Claure, Paulovich.

A veces, ni siquiera es necesario cambiarse el nombre. Basta con modificar una letra del apellido para ser lo que se quiere ser. Daniel Defoe era, originariamente, Daniel Foe. Como le pareció feo llamarse Foe, se aumentó el De y pasó a la posteridad como Defoe, autor de Robinson Crusoe, Molí Flanders y Diario del año de la peste.

William Faulkner era William Falkner, sin u. Su bisabuelo era también escritor y firmaba Falkner, pero el bisnieto quiso afrancesar su prosapia y cambió la grafía de su nombre, quedando en Faulkner. Algo parecido hizo Marión Brando que, en realidad, se llama Marión Brandeau.

El escritor Henry Miller, el de las lisuras y cachondeces de los Trópicos, nació como Henry Muller, pero quiso americanizar su apellido alemán y lo cambió por Miller. ¡Bien hecho! Por eso yo confirmo ante ustedes mi seudónimo y seguiré firmando Pedro Shimose. A ver quién me lo impide.

Por Pedro Shimose


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