jueves, 6 de septiembre de 2012

Ernesto de la Peña - Por Héctor Tajonar

 
Poeta, ensayista, filólogo estudioso de la literatura clásica y universal, conocedor de más de treinta lenguas antiguas y modernas, especialista en la Biblia y el fenómeno religioso, docto en música y ópera, Ernesto de la Peña es una personalidad excepcional en el contexto intelectual de México. A su oceánica erudición que lo ubica como humanista de talla mundial, nuestro octogenario escritor agrega una inigualable generosidad, la cual lo ha convertido en la figura más destacada de la divulgación cultural en nuestro país. No sólo por lo que sabe sino por su calidad personal, Ernesto de la Peña es un hombre sabio en la acepción más amplia y elevada del término.


El autor de El Centro sin orilla conoce como pocos los secretos de los dioses de los filósofos y teólogos de Oriente y Occidente, sabe “de ese indefinible e inalcanzable Otro, esa realidad o irrealidad que (Rudolf) Otto llamó lo numinoso”, pero no cree en su existencia. No obstante, ha buscado a ese Uno en el alma de las culturas más remotas en el tiempo y en el espacio, desde las mitologías china, hindú o grecolatina, hasta las religiones judeocristianas o musulmana. “El hombre es el ser que busca aun a sabiendas de que no va a encontrar” —afirma en el libro citado.
 
 
De la Peña sabe que los mitos son poesía y que la poesía nace en el juego y como juego (Huizinga). En Las Estratagemas de Dios, libro por el cual obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia (1988), crea un nuevo género literario: la teodicea lúdica. En una de las narraciones contenidas en dicha obra, revela una “fórmula expedita para la comprensión divina”, en la cual hace una sátira de los razonamientos filosóficos que a lo largo de la historia han pretendido demostrar la existencia del Creador del Universo. Cito la conclusión de ese breve cuento filosófico: “Todo lo anterior es falso por la verdad radical que lo asiste, pero que niega su mentira en la misma afirmación de que es la contraposición sin contrarios.” Con el mismo sentido del humor metafísico, Ernesto de la Peña recrea el personaje de San Anselmo —creador del argumento ontológico de la existencia de Dios—, en la narración titulada “Anselmo, inventor de hoyos negros”. 

 
Si bien los tratados de filosofía y teología no han logrado doblegar su agnosticismo, el autor de Las controversias de la fe ha consagrado buena parte de su vida intelectual a la comprensión del fenómeno religioso. La versión española de Fenomenología de la Religión (FCE, 1964), de G. Van Der Leeuw, da testimonio de esa vocación, así como de la importancia de su labor como traductor, que se muestra también en Los Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan, traducidos del griego al español de México. Su profundo conocimiento de la Biblia, a la que ha estudiado en sus tres lenguas originales —hebreo, arameo y griego— responde a un interés literario, filológico e histórico, no doctrinal. La sabiduría contenida en el Antiguo y el Nuevo Testamentos, así como en el Corán, la Kabbalah, los Upanishads, el I Ching, lo mismo que en Homero, Virgilio u Ovidio han nutrido el intelecto y la imaginación de Ernesto de la Peña, más allá del ámbito de las creencias. Acaso por ello considera que Dante es el mayor poeta de la historia.

 
Humanista ejemplar, Ernesto de la Peña muestra en toda su obra el carácter estético de su espiritualidad. En un mundo desacralizado, y desde una perspectiva alejada de credos e iglesias, el poeta-erudito mexicano nos acerca a las grandes creaciones literarias y musicales a través de las cuales el hombre de todos los tiempos y culturas ha celebrado lo que Mircea Eliade ha llamado hierofanía, que significa manifestación de lo sagrado. Muestra de ello —así como de la generosidad para compartir su saber— son sus programas de radio Testimonio y celebración (que el IMER debería editar en CD) o Música para Dios.
 
Pero quien crea que el ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2003 ha vivido en el Topos Uranos platónico, se equivoca rotundamente. Ernesto es una persona afable y terrenal con “el alma a la intemperie”. Basta con leer su poesía reunida en Palabras para el desencuentro para descubrir al hombre que ha vivido con intensidad la pasión y los placeres del amor, lo mismo que el dolor que produce su ausencia. Amor, víctima tuya, te conjuro/… Sólo es verdad tu sexo,/ sólo existe tu risa por las tardes,/ tus pisadas sin miedo me definen el mundo/ y lo colman de planetas veraces.

Ernesto de la Peña o el placer de la sabiduría .

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Fuente : Milenio Puebla

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